16-09-2016
12:47

Comensales prehistóricos

Fuente: Pixabay / Marcel Langthim

Imaginemos a nuestros antecesores del Paleolítico dando buena cuenta de un muflón asado. El animal, cazado con esfuerzo y paciencia, habría sido descuartizado, preparado y puesto al fuego en una pequeña hoguera, al cobijo de una cueva. No hay mesa, cubiertos ni vajilla; el pequeño grupo humano allí reunido come valiéndose tan solo de sus manos y dientes. Disponen como mucho de algún utensilio de piedra para despedazar los trozos mayores, nada más.

Son nómadas que viven de la caza y la recolección, así que no se quedan mucho tiempo en la cueva. Cuando ellos parten, puede que una hiena u otros depredadores husmeen allí en busca de restos de comida. Quizá los lobos usen también la cueva como refugio para criar a sus cachorros. El macho trae a su prole los animales que captura y todos se alimentan vorazmente.

Fuente: Pixabay / Marcel Langthim

Regresemos ahora a la actualidad y pongámonos en el papel de los arqueólogos encargados de estudiar los restos hallados en nuestra cueva. Hay fragmentos de huesos, entre ellos los de una paletilla de lo que parece un ungulado, tal vez un muflón. Pero, ¿fueron humanos los comensales?

Además de los rastros más evidentes de presencia humana, como los dejados por las hogueras o el hallazgo de utensilios de piedra, también las marcas provocadas por los dientes al arrancar la carne del hueso pueden aportarnos información.

Investigadores de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) están estudiando precisamente este tipo de datos. Han llevado a cabo una investigación experimental en la que se han analizado noventa huesos de cordero (falanges, radios y escápulas) cuya carne ha sido consumida por diez voluntarios, ayudándose sólo de sus manos y dientes. Para controlar las variables derivadas del tratamiento previo de los alimentos, un tercio de la muestra fue consumida en crudo, otro tercio asado y otro hervido.

Fuente: Antonio J. Romero / UPV/EHU

Según recoge la Agencia de Noticias Científicas SINC, los resultados, publicados en la revista científica Journal of Archaeological Science: Reports, muestran que más de la mitad de los huesos tenían marcas de mordeduras humanas, tanto improntas de dientes como fracturas derivadas de la masticación. Estas marcas, analizadas con lupa binocular, tienen una serie de características (tamaño y morfología) que permiten diferenciarlas de las producidas por otros animales.

Antonio J. Romero, investigador principal, explica que "aunque los hombres produjeron más marcas que las mujeres, no resulta posible, según estos datos, diferenciarlos aún". Por otro lado, el cocinado previo de la carne influye en la aparición de marcas: "las improntas de dientes suelen aparecer con mayor asiduidad en los ejemplares asados o hervidos - indica el experto -, mientras que los daños en los extremos, bordes y aplastamientos suelen ser más habituales en los huesos consumidos en crudo".

Para cada caso se estudia toda una serie de características, como la situación de los daños causados en los huesos, su morfología y sus dimensiones. Los datos obtenidos no son siempre fáciles de aplicar al registro arqueológico, pero "junto con otras huellas de actividad humana más seguras, como marcas de cuchillos de piedra y fuego, etc., se puede completar la interpretación", afirma Romero.

“Existen diversos trabajos similares que estudian en profundidad los daños que generan los animales en los huesos al alimentarse, pero no así las marcas que dejamos los humanos", precisa el investigador. Esta investigación constituye todo un avance en la posibilidad de conocer qué tipo de alimentos cárnicos consumían los homínidos y en qué circunstancias (si cocinaban previamente o no la carne que comían). "Nos permite conocer más a los seres humanos del pasado, el origen de nuestro comportamiento moderno, de nuestra forma de tratar los alimentos (de cocinarlos o no cocinarlos) y de alimentarnos", concluye.

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