I Intolerancia a la lactosa

Lactosa es un disacárido, una clase de azúcar que está presente en la leche de todos los mamíferos, incluidos los humanos, y por tanto en todos los productos y alimentos fabricados con ésta.

Es una molécula hidrosoluble que se compone de glucosa y galactosa, dos elementos más simples que nuestro organismo es capaz de absorber a través de las microvellosidades intestinales. Una vez incorporados al torrente sanguíneo, se distribuyen a todas las células para metabolizarlos y conseguir energía de ellos.

El proceso de rotura o hidrólisis de la lactosa se realiza gracias a un enzima que produce el intestino delgado llamada lactasa (beta-D-galactosidasa). Cuando la actividad de este enzima es deficiente, no se llega a digerir toda la lactosa, pasando ésta al intestino grueso donde es fermentada por la flora bacteriana intestinal y produciendo sustancias de desecho como hidrógeno, anhídrido carbónico, metano y ácidos grasos de cadena corta que provocan los síntomas característicos de la intolerancia: flatulencia, dolor y diarrea.

Aunque todos los mamíferos al nacer tenemos la capacidad de producir lactasa, lo que nos permite nutrirnos con la leche materna, después del destete se experimenta una reducción de la producción del enzima y con ello la capacidad de digerirla.

Sólo los humanos continuamos digiriendo la leche más allá de la época de lactancia. Esta capacidad se debe a la modificación de un gen, de forma que asegura la persistencia en la fabricación de lactasa durante la edad posterior al destete.

Según algunos estudios, esta selección genética surgió en las primeras comunidades ganaderas centroeuropeas (zona de los Balcanes), hace tan sólo 7.500 años, debida posiblemente a la accesibilidad de una fuente de alimento constante, rico en nutrientes y menos contaminado que el agua; así, el organismo de estos individuos siguió fabricando lactasa para poder asimilar la leche. Esta propiedad, que sigue teniendo actualmente la mayoría de población europea, evolucionó posteriormente de manera independiente en otras comunidades (asiática, africana, amerindia), habiendo una relación patente entre la persistencia a la lactasa y las prácticas ganaderas, de forma que en grupos o sociedades que no consumen productos lácteos de forma habitual, la producción de lactasa tras el destete cae un 90% durante los primeros cuatro años de vida, mientras que en los lactosa-persistentes, la caída es mucho menor. Esto es lógico, pues si no existe leche a nuestro alrededor, de nada nos sirve fabricar lactasa.

En las regiones en que la leche no forma parte de la cultura gastronómica, el déficit de producción de lactasa no plantea un problema de salud, ni siquiera es un inconveniente, pues al no tener hábito de consumir lácteos no sufren la intolerancia y su dieta está perfectamente equilibrada por la ingesta de otros alimentos allí habituales (soja, algas, …); es el caso de muchas zonas asiáticas, africanas o nativos americanos. Pero en España y Europa la leche es un alimento básico, sobre todo en niños y ancianos. Aunque cada persona tiene un nivel de tolerancia particular a la lactosa, prescindir de este alimento en nuestra alimentación diaria es difícil debido a la cantidad de productos que la contienen, además puede suponer déficit nutricional y carencias en micronutrientes como calcio, vitamina D (imprescindible para la absorción del calcio) y riboflavina (vitamina B2). Una complicación habitual en los intolerantes es la pérdida de peso y, en el caso de los niños, éstos pueden sufrir un retraso en el crecimiento si no se cuida su alimentación.

Conocer los productos que contienen lactosa es fundamental para la protección de este colectivo. Todos sabemos que la leche y todos sus derivados, queso, yogur, mantequilla, requesón, cuajada, … y los productos elaborados con ella (flanes, helados, bechamel, …) contienen lactosa; pero hay muchos alimentos y medicamentos a los que se añade lactosa en su proceso industrial, como aditivo para mejorar el sabor o la textura (como es un azúcar su sabor es dulce); es el caso de carnes procesadas (salchichas, patés,…), cereales de desayuno, panes, margarinas, comidas precocinadas, sustitutos de comidas, suplementos de proteínas, … y cualquier alimento que en la etiqueta aparezca que contiene lactosuero, suero, sólidos de leche, ingredientes modificadores de la leche, etc.

Así pues, leer con atención la etiqueta de los alimentos elaborados es la primera medida preventiva si queremos evitar los síntomas de la intolerancia a la lactosa.

Para garantizar el derecho a la información y proteger la salud del consumidor, las autoridades europeas han adoptado medidas, como el Reglamento (UE) 1169/2011 sobre información alimentaria ofrecida al consumidor, aplicable a partir del 13 de diciembre de 2014, que obliga a mencionar todo ingrediente o coadyuvante tecnológico que figure en su anexo II que cause alergias o intolerancias y se utilice en la fabricación o elaboración de un alimento y siga estando presente en el producto acabado, aunque sea en una forma modificada. Esta información se indicará en lugar destacado de la etiqueta, fácilmente visible, claramente legible y de modo diferenciado en la lista de ingredientes.

La leche y sus derivados, incluida la lactosa están incluidos en este anexo II, pero existen dos excepciones a esta obligatoriedad:

  • Lactitol. Es un derivado de la lactosa y se utiliza como edulcorante bajo en calorías para caramelos, chicles sin azúcar, galletas, helados, alimentos bajos en calorías y laxantes.
  • Lactosuero, en el caso de utilizarse en el proceso de elaboración de bebidas destiladas alcohólicas.

Por ello se deberá tener especial precaución al ingerir estos productos. También tendremos en cuenta que la lactosa es un azúcar y puede estar camuflado bajo la terminología “adición de azúcares”; o que existe un cierto riesgo de contaminación cruzada, pues aunque ingrediente y aditivo de origen lácteo no tienen relación con la lactosa sí tienen el mismo origen lácteo.